Y sin darme cuenta… Yo era mi propia enemiga (testimonio)

Abres los ojos y ves que te has despertado de nuevo con tu enemigo… Tú mismo! Y es que aunque quieres cambiar, aunque quieres ser diferente en algún aspecto de tu vida, no lo consigues… Y así, poco a poco vas dejando a un lado el respeto a ti, lo vas transformando en un sentimiento de rabia que cada día, si no haces nada por evitarlo, se torna más y más grande.

Todos en algún momento de nuestra vida somos crueles con nosotros mismos: una palabra mal dicha, unos kilos de más, algún “vicio” que no conseguimos quitar… El problema viene cuando convertimos esa crueldad en rutina.

Os dejo unas palabras de una paciente que día tras día, se fue convirtiendo en su mayor enemiga.  Es un testimonio largo, pero que merece la pena leer hasta el final, pues estoy segura que muchos os sentiréis identificados en todo el escrito o en parte de él.

O.P. llegó a mi consulta como una persona completamente chiquitita, que no se creía capaz de conseguir nada, una persona que no se creía con el derecho a que los demás la respetasen, llegando incluso a la autolesión.  Hoy en día, después de un año caminando juntas, puedo decir LA GRAN MUJER que es, una persona completa que sabe verse, escucharse y aceptarse… Y aunque todavía nos quedan pequeñas cosas que trabajar, el camino más duro está hecho! Día tras día, sesión tras sesión, ha ido sacando fuerzas para enfrentarse a ella misma, al principio con dudas de que pudiera cambiar, y poco a poco con el convencimiento de que podía tener una vida completa y llena, SU VIDA, con SU CAMINO, escogido única y exclusivamente por ella. 

Si le pregunto a cualquier persona que me conozca, cómo cree que ha sido mi infancia, no lo dudaría dos veces y diría: FELIZ. La verdad es que viendo mi casa, mi familia, mis amigos, mi vida, es la conclusión más lógica. Lo que poca gente sabe, es que mi infancia y mi adolescencia las he pasado durmiendo con mi enemiga; YO.

Permití que la gente que me rodeaba fuera colgando etiquetas en mí, como bolas en un árbol de Navidad: tímida, torpe, incapaz. La gente se debía creer muy graciosa y ocurrente, pero yo, con cinco, siete, diez años, tenía confianza ciega en que era completamente cierto. Así, año tras año, día tras día… había momentos que me metía en la cama sintiéndome la “cosa”, y digo “cosa”, más insignificante del universo. Nunca me planteé desaparecer, bueno sí que me lo planteé, pero nunca intenté hacerlo. Cada día era una losa que se iba poniendo sobre mis hombros, y yo me decía a mí misma frases tan duras como: ‘’Eres diferente, eres imbécil y cuánto antes lo asumas mejor’’, ‘’nadie va a quererte nunca eres fea’’, ‘’eres retrasada y punto, aprende a vivir con eso’’. No sé, quizá os resulte extraño que alguien se diga a sí mismo tales cosas, pero yo no sólo me las decía, sino que me las creía y crecí convencida de que así era. Había días mejores y días peores; si mi día era plano, es decir, no había pasado nada por lo que poderme sentir ridícula, absurda, torpe, fea… pues los días se sobrellevaban, pero si había pasado ‘’algo’’, y lo pongo entre comillas porque ese ‘’algo’’ podía ser desde que se me cayera un lápiz en clase, hasta que alguien me hiciera una pregunta y no la escuchara, o un tropiezo sin importancia. Cosas que a la gente sin mi problema no le parecen como para sentirse ni ridículo, ni absurdo, para mí eran un mundo y un gran motivo para regocijarme en lo estúpida que creía ser.

…Yo no tenía la capacidad de replantearme cómo era…

Daba por hecho que era así y que me tocaba sufrir porque me lo merecía, por insignificante, que me había tocado. Pero fui creciendo, y según me hacía mayor los problemas se multiplicaban y mi resignación se convirtió en rabia. Creía que tenía asumido que era insignificante, pero llegó el momento de castigarme por ello. Al ver la falta de respeto que tenía hacia mí misma, la gente se creía con el derecho de también faltarme al respeto, y una vez más, creía que me lo merecía. Yo veía normal que si hacía algo mal, o algo que yo consideraba mal, era lógico que me golpeara, me diera cabezazos o bofetadas hasta hacerme daño. Me creía merecedora del dolor que yo misma me proporcionaba. Cuando la gente me veía hacerlo les daba como la risa floja y me decían: ‘¿estás loca?’, cosa que me hacía sentir todavía peor. Llevaba años haciéndolo y era algo más que creía que formaba parte de mi personalidad: ‘’soy muy exigente conmigo misma por eso hago estas cosas’’. Todos los maltratos hacia mí misma, ya fueran físicos o verbales, tenían siempre excusa.

Me convertí en una adolescente triste, insegura, miedosa, avergonzada de sí misma y convencida de que nadie me merecía ni me necesitaba.

Así pasé mi infancia y adolescencia, odiándome. En la universidad tuve unos años de tranquilidad pero los altibajos se convertían en crisis, castigos y horribles regañinas en las que me insultaba hasta hacerme llorar. Aunque pareciera más feliz, todo seguía igual en mi interior. Iba superando barreras pero por dentro seguía tremendamente enfadada por ser quién era. Yo misma era la persona que peor me caída del mundo. Hubo un año que estuve peor que nunca. No podía seguir luchando, mis opciones eran o luchar por algo en lo que no creía; YO MISMA, o caer al pozo negro, que aunque es la peor alternativa, cuando te dejas caer al pozo, dejas de luchar y sientes una extraña tranquilidad, por eso es tentador caer y hay que tener cuidado. No sé cómo, pero superé esa etapa, le puse una venda, fingí que no pasaba nada una vez más y que todo era lo normal. Más tarde sí que caí al pozo, del que ni podía ni quería salir. Me sentía la culpable del mal de toda la humanidad, no merecedora de nada, e insignificante, como siempre. Gracias a Dios, tuve y tengo, dos personas que fueron las que más me ayudaron y me convencieron para ir a terapia. Llevaba dos meses con el teléfono guardado y no tenía el valor de llamar, no sabía que me iban a preguntar… pero un día, una de ellas, me dijo: ‘’llamas tú o llamo yo’’. Cogí, llamé, colgué y lloré muchísimo. Estaba tan plenamente convencida de lo creía ser, que pensé que la psicóloga me iba a ver un par de meses y a mandarme a casa, creí que me iba a decir: ‘’asume como eres’’.

…Hoy llevo  13 meses y todavía me queda mucho trabajo por delante. Estoy conociendo a alguien nuevo; YO…

¿Sabéis qué? No soy torpe, soy capaz de hacer lo que me proponga, la gente no puede hacer conmigo lo que ellos quieran porque no soy un objeto, confío en mí y en mis aptitudes, conozco mis reacciones ante casi todo, que el AUTOESTIMA existe, y lo mejor, es que ahora estoy empezando a conocer a una nueva amiga: YO MISMA, y me caigo cada vez mejor.

Como consejo os diré que no permitáis que la gente se crea que os conoce mejor que vosotros mismos, pueden hacer mucho daño, y para evitarlo esforzaros en conoceros y quereros.

Y no olvidéis que el esfuerzo, sea del tipo que sea, es de VALIENTES”

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